Terror en las escuelas. Un pasillo al atardecer




¿Quién no se ha quedado hasta tarde en la escuela? ¿Recuerdan la sensación que se alojaba en su nuca, cuando tenían que ir al baño y solo funcionaba el que se encontraba en la planta baja, alejado de los demás salones?

Ok, eso último es más un recuerdo de la infancia, pero he de decirles que no era la única que le tenía un miedo casi visceral a bajar al baño del fondo. 

En fin, hola de nuevo y bienvenidos a otra entrada de la página. 

Siguiendo el tema de arriba. Muchas de mis amigas iban juntas a ese baño, sobre todo cuando era recreo y se encontraban limpiando los cubículos que daban al patio. No exagero, a veces éramos cinco o seis las chicas que nos movíamos por ese sitio al mismo tiempo, ¿La razón? Una muy mala organización de los espacios, en la escuela.

Como les dije antes, estos baños se encontraban justo hasta abajo del edificio donde tomábamos clases, ocultos por un par de árboles y una palma, a modo de que no se podía ver nada de lo que pasaba dentro y fuera de los baños. 

Un sitio solitario donde cualquier cosa podía pasar y, según las leyendas urbanas que rondaban por entre los compañeros, ya había ocurrido.

La historia iba más o menos así. Hace años, cuando la escuela apenas había abierto sus puertas, al director se le ocurrió la idea de hacer una Kermés como regalo a los estudiantes, porque la escuela había quedado en un puesto alto en el examen de conocimientos generales de la delegación.

Como se imaginaran, no hubo clases ese día y todos se divertían con los juegos y las actividades de entretenimiento que había llevado, para la ocasión. Había de todo, cuentacuentos, marionetistas, teatro guiñol, incluso unos cuantos payasos que se dedicaban a hacer reír a los niños con sus bufonadas. Claro que no todo fue alegría ese día, sobre todo para cierto chico de segundo o tercero de primaria, al que se le ocurrió meterse a los baños de la planta baja sin compañía.

El niño no sospechaba que hay, escondido en uno de los cubículos, se encontraba uno de los “payasos”, listo para encontrarse con su víctima. 

Seguro saben cómo termino la cosa, ¿Cierto? El niño murió, y el payaso, loco por los remordimientos, volvió al lugar del crimen donde, de manera inexplicable, apareció sin vida y junto a un charco de agua. 

Si era cierto o no, nadie nunca puso en tela de juicio la leyenda. Solo nos limitábamos a tomar precauciones y le dábamos la vuelta a esos baños, a la primera oportunidad.



Por supuesto, esa no es la única historia que teníamos en la escuela. Como esa había muchísimas, como aquella en donde un grupo de chicas de sexto grado se quedó hasta tarde en las instalaciones, porque necesitaban hacer un trabajo para dentro de dos días.
Pasadas unas horas, dos de las chicas se quejaron de que querían comer algo, así que fueron a la cooperativa para ver si todavía la encontraban abierta, y dejaron a otras tres chicas en el salón. 

De las tres que quedaron, una aprovechó para ir al baño, y cuando iba cruzando el pasillo con dirección al patio, escuchó un grito que la congeló en su lugar y, segundos después, la hizo correr a donde había dejado a sus amigas.
No inventes, niña. ¡Vete de ahí antes de que te pase algo!

Estas salieron del salón y se toparon con la chica. Ninguna de ellas había gritado, es más, creían que a la que le había pasado algo era a ella.

Extrañadas por el sonido, una de ellas pidió que ya no siguieran hablando del tema y que mejor se pusieran a hacer sus cosas. 

Claro que no esperaban escuchar una vez más el alarido. Y tampoco tenían planeado ver aquella silueta saliendo de la pared junto a ellas.

La huida no se hizo esperar, las tres chicas salieron corriendo con dirección a la escalera que daba al patio, pero antes de bajar por ella, una de las muchacha se detuvo y volteo. Quería ver si aquella cosa, lo que sea que fuera, las estaba siguiendo.

Nadie sabe que paso con ella en ese tiempo, pero decía la leyenda que, cuando la chica por fin se unió a sus amigas, unos trozos de cabellos se le habían puesto blancos y sus ojos vidriosos miraban a la nada con las pupilas casi desorbitadas. 

Al poco tiempo, la muchacha se cambió de escuela y nadie volvió a saber de ella.



¿A qué quiero llegar con ambas historias? A que no solo podemos hacer cuentos o novelas de terror en sitios comunes como hospitales, callejones, castillos y demás. Parte del encanto del terror es el hecho de que se puede jugar con cuantos escenarios se nos presenten, a modo de darle al lector una trama misteriosa y atrapante.

Así que ya lo saben, seguro escucharon alguna historia así mientras se encontraban en la escuela, así que reciclen y denle su propio toque. Seguro que más de uno se sentirá identificado con ella.



¿Conocen otras historias que se hayan desarrollado en escuelas? ¿Han oído leyendas parecían a estas, pero ambientadas en otro sitio?

Si les gusto lo que leyeron, sean bienvenidos a compartir la entrada, comentarla, votarla o lo que mejor les acomode. Si esta no es la primera vez que leen una, y les gustó con lo que se encontraron, los invitó a suscribirse a la news letter para recibir las actualizaciones de la página, mis programas del PodCast y los videos que cada semana subo a YouTube. 

Ahora sí, nos leemos a la siguiente semana. 

Se cierra la sección. 

Jess Castz

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